Ella solía irse siempre para el pueblo natal de su madre y al que iba desde pequeña, por lo que también era su pueblo adoptivo, así que eso hizo.
Pasó todas sus vacaciones en este hermoso pueblo, rodeado de hermosas montañas, de gente acogedora y cielos amañadores. Caminó, visitó veredas cercanas, disfrutó tiempo con su familia y descansó mucho.
Pero llegó el momento de volver a la contaminada ciudad en la que vive, y Angélica no quería hacerlo. Siempre se había preguntado porqué su madre había decidido hacer la vida en la ciudad siendo el campo muchísimo mejor. Ella no podía hacer nada, ni decir que se quedaran más tiempo, pues al día siguiente empezaba de nuevo sus clases.
Ella se fue un poco triste, pero a partir de esas vacaciones, se prometió hacer más por su pueblo adoptivo, porque se dio cuenta de lo mucho que lo valoraba.